Nana

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A lo largo de los coches, hubo una sucesión de exclamaciones, sofocadas por el trote más vivo de los caballos. Las cabezas se asomaron para ver a Gagá; María Blond y Tatán Néné se pusieron de rodillas sobre la banqueta, los puños en la capota recogida, y se cruzaron con preguntas, con palabras malignas, que demostraban una sorda admiración. Gagá la había conocido, y esto las llenaba de respeto por aquel pasado lejano.

—Eso sí, yo era muy niña —añadió Gagá—. No importa; me acuerdo de cuando la veía pasar. Se decía que en su casa era muy cochina, pero en su coche tenía una elegancia… Y qué asombrosas historias de cochinadas y picardías que daban asco. No me extraña que tenga un castillo. Ahogaba a un hombre con sólo soplarle. ¿Irma D’Anglars aún vive? Pues sabed, gatitas, que andará en los noventa años.

De pronto las mujeres se pusieron serias. ¡Noventa años! No había ninguna de ellas, como gritaba Lucy, capaz de vivir tanto. Todas eran unas carracas. Por otra parte, Nana aseguró que no quería cuidar huesos viejos; eso no era divertido.




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