Nana
Nana Llegaban. La conversación se interrumpió por los chasquidos de los látigos de los cocheros, quienes azuzaban a los caballos. Sin embargo, en medio del ruido, Lucy continuó hablando y pasando a otro tema: apremiaba a Nana para que se marchase con ellas al día siguiente. Iba a clausurarse la Exposición y aquellas mujeres debían regresar a París donde la temporada superaba sus esperanzas. Pero Nana se puso terca. Despreciaba París, y no pondría allí los pies tan pronto.
—¿No es así, querido? Nos quedaremos —dijo estrechando las rodillas de Georges, sin preocuparse de Steiner.
Los coches se habían detenido bruscamente. Sorprendida, la comitiva descendió en un sitio desierto, a la orilla de un ribazo. Fue necesario que uno de los cocheros les señalase con el extremo de su látigo las ruinas de la antigua abadía de Chamont, perdidas entre los árboles. Fue una gran decepción.
Las mujeres encontraron aquello estúpido; era un montón de escombros cubiertos de maleza y medio torreón derruido. Aquello no merecía haber hecho dos leguas. Entonces el cochero les indicó el castillo, cuyo parque empezaba en las inmediaciones de la abadía, aconsejándoles que tomasen un sendero y siguieran junto a los muros; darían la vuelta y los coches irían a esperarles en la plaza del pueblo. Era un paseo encantador que la comitiva aceptó.