Nana
Nana —Caramba, Irma vive bien —dijo Gagá parándose ante una verja, en un recodo del parque, junto al camino.
Silenciosamente contemplaron el espeso ramaje que envolvĂa la verja. Luego, por el sendero, siguieron el muro del parque, levantando la vista para admirar los árboles, cuyas ramas sobresalĂan formando una bĂłveda de espeso verdor. Tres minutos despuĂ©s se encontraron delante de una nueva verja, desde donde veĂan un amplio cĂ©sped con dos encinas seculares que lo cubrĂan con su sombra y tres minutos despuĂ©s otra verja descubriĂł ante ellos una alameda inmensa, una galerĂa de tinieblas, en cuyo fondo el sol ponĂa la mancha viva de una estrella. Un asombro, al principio silencioso, les arrancaba exclamaciones. HabĂan intentado bromear con un poquito de envidia, pero decididamente aquello las subyugaba. ¡QuĂ© fuerte fue Irma! Aquello daba una perfecta idea de la mujer.