Nana

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Los árboles continuaban y sin cesar aparecían mantos de hiedra trepando por los muros, tejados de pabellones que sobresalían, cortinas de chopos que sucedían a espesas masas de olmos y de álamos blancos. ¿No acabaría aquello nunca? Aquellas mujeres hubiesen querido ver el castillo, cansadas de dar vueltas continuamente sin ver gran cosa, ni percibir más que los hundimientos del follaje. Se cogían a los barrotes con las dos manos y apoyaban el rostro contra el hierro. Una sensación de respeto las invadía, y, contenidas por la distancia, soñaban con un castillo invisible en medio de aquella inmensidad.

Muy pronto dejaron de caminar, sintiendo cansancio. Y la muralla no concluía nunca; en todos los recodos del camino desierto aparecía la misma línea de piedras grises. Algunas desesperaban de llegar al final y hablaban de volver atrás. Pero cuanto más las agotaba la caminata, más respeto les infundía aquello, vencidas a cada paso por la tranquila y regía majestad de aquel dominio.

—Después de todo, esto es tonto —dijo Caroline Héquet apretando los dientes.




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