Nana
Nana Nana la hizo callar con un encogimiento de hombros. Hacía un momento que ella no hablaba; estaba muy seria y un poco pálida. Bruscamente, en el último recodo, desembocando en la plaza del lugar, terminó la muralla y apareció el castillo, al fondo del patio de honor. Todos se detuvieron, sobrecogidos por la grandeza altiva de sus amplios pórticos, de las veinte ventanas de la fachada y del desarrollo de sus tres alas, cuyos ladrillos se encuadraban en cuerdas de piedra. Enrique IV había vivido en aquel castillo histórico, en el que se conservaba su dormitorio, con la gran cama envuelta en terciopelo de Génova. Nana, sofocada, exhaló un suspiro de chiquilla.
—Dios santo… —murmuró para sí en voz baja.
Hubo una gran emoción. Gagá, de repente, dijo que era ella, Irma en persona, la que se encontraba allá abajo, ante la iglesia. La reconocía perfectamente; siempre erguida la tunanta, a pesar de su edad, y siempre con los mismos ojos cuando adoptaba sus aires.