Nana
Nana Se salía de vísperas. La señora permaneció un instante bajo el pórtico. Vestía de seda color de hoja muerta, muy sencilla y muy holgada, con el rostro venerable de una anciana marquesa escapada de los horrores de la Revolución. En su mano derecha un gran devocionario brillaba al sol. Y lentamente atravesó la plaza, seguida de un lacayo de librea que iba a quince pasos. La iglesia iba quedándose vacía, y todas las gentes de Chamont la saludaban profundamente; un anciano le besó la mano y una señora quiso ponerse de rodillas. Era una reina poderosa, colmada de años y de honores. Subió las gradas del pórtico y desapareció.
—He aquí adonde se llega cuando se tiene orden —dijo Mignon con acento convencido, mirando a sus hijos como para darles una lección.
Entonces cada cual dijo su frase. Labordette la encontraba prodigiosamente conservada. María Blond soltó una obscenidad, mientras que Lucy se molestaba, declarando que se debía honrar a la vejez. Todos, en suma, convinieron en que fue una mujer excepcional.