Nana

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Durante la cena, los huéspedes de las Fondettes parecían incómodos. Vandeuvres había anunciado su partida, pues quería llevarse a Lucy a París, encontrando cómico raptar a aquella muchacha que veía desde hacía diez años, y sin el menor deseo. El marqués de Chouard, con las narices metidas en su plato, soñaba con la señorita Gagá, y se acordaba de cuando hacía saltar a Lili encima de sus rodillas. ¡Cómo crecían las niñas! Había engordado mucho la pequeña.

Sobre todo el conde Muffat permaneció silencioso, absorto y con el rostro encendido. Había dirigido a Georges una larga mirada. Al levantarse de la mesa subió a encerrarse en su cuarto, hablando de un poco de fiebre. Tras él se precipitó el señor Venot. Arriba hubo una escena: el conde, echado sobre su lecho, ahogaba sus sollozos nerviosos contra la almohada, mientras el señor Venot, con voz suave, le llamaba su hermano y le aconsejaba que implorase la misericordia divina, pero él no le escuchaba. De pronto saltó de la cama y tartamudeó:

—Voy allá… No puedo más.

Cuando salían se hundieron dos sombras en las tinieblas de una alameda. Todas las noches Fauchery y la condesa Sabine dejaban que Daguenet ayudase a Estelle a preparar el té. En la carretera, el conde avanzaba tan rápido que su compañero tenía que correr para seguirle.


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