Nana

Nana

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En la Mignotte se discutió mientras cenaban. Nana había encontrado una carta de Bordenave, aconsejándole con burlona ironía que siguiese descansando; la pequeña Violaine era llamada a escena dos veces todas las noches. Y como Mignon la apremiase a partir al día siguiente con ellos, Nana, exasperada, declaró que no quería escuchar consejos. Por otra parte, se había mostrado en la mesa mojigata hasta el ridículo. Habiendo soltado la señora Lerat una frase un poco verde, le gritó que no autorizaba a nadie, ni siquiera a su tía, a decir cochinadas en su presencia. Después dio la lata a todo el mundo con sus buenos sentimientos, en un acceso de necia honestidad, con ideas de educación religiosa para Louiset y un plan de buena conducta para ella. Como se reían, habló muy seriamente, con ademanes de burguesa convencida, diciendo que sólo el orden conducía a la fortuna y que no quería morir sobre una estera. Aquellas señoras, excitadas, exclamaban que no era posible, que aquella era otra Nana, pero ella, inmóvil, volvía a su ensueño, los ojos perdidos, viendo levantarse la visión de una Nana muy rica y muy considerada. Subían a acostarse cuando se presentó Muffat. Fue Labordette quien lo descubrió en el jardín. Comprendió en seguida y le prestó el servicio de apartar a Steiner y conducirle de la mano, a lo largo de un pasillo oscuro, hasta el dormitorio de Nana. Labordette, para esta clase de asuntos, era de una distinción perfecta, muy diestro y como encantado de procurar la felicidad de los demás.


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