Nana

Nana

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Fontan fue muy amable. No dijo que no y la dejó hacer, incluso actuó junto a ella como buen camarada. Por su parte, tenía siete mil francos, y consintió en unirlos a los diez mil de Nana, aun cuando se le acusaba de avaricia. Estos fondos les parecieron suficientes para instalarse. Y partiendo de aquí, gastaron cada uno por su lado del capital común, alquilando y amueblando dos piezas de la calle Véron, y compartiéndolo todo como buenos amigos. El principio fue verdaderamente delicioso.

La tarde de Reyes, la señora Lerat llegó la primera con Louiset, y como Fontan aún no había llegado, se permitió expresar sus temores, porque temblaba al ver que su sobrina renunciaba a una fortuna.

—¡Oh, tía, le amo tanto! —exclamó Nana, juntando sus dos manos en un bello gesto sobre el corazón.

Estas palabras produjeron un efecto extraordinario en la señora Lerat. Sus ojos se humedecieron.

—Si es así —dijo con aire de convicción— el amor es antes que nada.

Y se deshizo en alabanzas sobre la hermosura de la casa. Nana le enseñó el dormitorio, el comedor y la cocina. Caramba, aquello no era inmenso, pero habían retocado las pinturas, cambiado los papeles y el sol entraba que era una bendición.


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