Nana
Nana —Eso es lo que contesté yo —dijo la señora Lerat—; mi sobrina tiene mucho corazón.
Nana, sin embargo, se sintió muy vejada al enterarse de que se vendÃa la Mignotte y que Labordette la compraba, a un precio ridÃculo, para Caroline Héquet. Esto la llevó a encolerizarse contra aquella trinca de verdaderas callejeras, a pesar de sus posturas. ¡Oh, sÃ! ella valÃa más que todas ellas.
—Ya pueden divertirse; el dinero no les dará nunca la verdadera felicidad. Y, además, tÃa querida, has de saber que ya no sé si ese mundo existe. Soy demasiado feliz.
Precisamente la señora Maloir entraba con uno de esos sombreros extraños, cuya forma sólo encontraba ella. Constituyó una gran alegrÃa volverse a ver. La señora Maloir le confesó que las grandezas la intimidaban; ahora volverÃa de vez en cuando para jugar una partida.
Mostró por segunda vez el alojamiento, y en la cocina, ante la sirvienta provisional que cocinaba un pollo, Nana habló de economÃas, y dijo que una criada habrÃa costado muy cara y que ella misma se cuidarÃa de su casa. Louiset contemplaba beatÃficamente el asado.
Se oyeron voces. Era Fontan, con Bosc y Prullière. Ya podÃan sentarse a la mesa. La sopa estaba servida cuando Nana enseñaba por tercera vez el alojamiento.