Nana
Nana —Oh, queridos, qué bien estáis aquà —repetÃa Bosc, con la intención de agradar a los compañeros que pagaban la cena, porque en el fondo la cuestión del «nido» como decÃa, le importaba poco.
En el dormitorio aún forzó la nota amable. Por lo general trataba a las mujeres de camellos y la idea de que un hombre pudiese cargar con una de esas sucias bestias revolvÃa en él la única indignación de que era capaz, con el desdén de borracho con que envolvÃa al mundo.
—¡Ah, picaruelos! —exclamó guiñando los ojos—. Esto lo han hecho solapadamente. Pues habéis tenido razón. Esto será encantador, y nosotros vendremos a veros, claro que sÃ.
Pero como llegaba Louiset, a caballo del mango de una escoba, Prullière dijo con una risa maliciosa:
—¿Cómo? ¿Ya tenéis este bebé?
Aquello pareció muy divertido. La señora Lerat y la señora Maloir se desternillaban. Nana, en vez de enfadarse, tuvo una enternecedora sonrisa a la vez que decÃa que desgraciadamente no; ella lo hubiese querido, por el pequeño y por ella, pero tal vez llegase. Fontan, que se hacÃa el bonachón, cogió a Louiset, y jugando ceceó:
—Esto no impide que quiera a su padrecito… Llámame papá, granujilla.
—Papá… papá… —tartamudeó el niño.