Nana

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Todos lo acariciaban. Bosc, aburrido, hablaba de sentarse a la mesa, pues para él no había nada más serio. Nana pidió permiso para sentar a Louiset a su lado. La cena fue muy divertida. Bosc, sin embargo, sufrió con la vecindad del chiquillo, de quien debía defender su plato. La señora Lerat también le molestaba. Ella se enternecía y le contaba en voz baja cosas misteriosas, historias de señores muy ricos que aún la perseguían, y dos veces tuvo que apartar la rodilla porque ella lo asediaba con ojos encandilados.

Prullière se comportaba como un grosero con la señora Maloir, a quien no servía ni una vez. Sólo se ocupaba de Nana, resentido al verla liada con Fontan. Además, los palomos acabaron por hacerse empalagosos de tanto que se besaban. Contra todas las reglas habían querido sentarse juntos.

—Diablos, comed; ya tendréis tiempo —repetía Bosc con la boca llena—. Esperad que no estemos nosotros aquí.






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