Nana
Nana Pero Nana no podía contenerse. Estaba en su arrobamiento de amor, sonrosada como una virgen, con sonrisas y miradas humedecidas de ternura; con los ojos fijos en Fontan, lo asediaba con epítetos cariñosos: perrito mío, lobezno, mi gatito, y cuando él le pasaba el agua y la sal, ella se inclinaba, le besaba al azar en los labios, en los ojos, sobre la nariz o sobre una oreja; si la reñían, volvía a la carga con ingeniosas tácticas, con humildes mimos de gata reprendida.
Fontan se hacía el bonachón y se dejaba adorar, lleno de condescendencia. Su enorme nariz se agitaba con un goce sensual. Su hocico de chivo, su fealdad de monstruo truhanesco, se extasiaba con la adoración devota de aquella soberbia muchacha, tan blanca y tan carnosa. A veces le devolvía un beso, como hombre que se reserva para el placer pero que quiere mostrarse amable.
—Acabáis por poneros pesados —gruñó Prullière—. Vete de ahí.
Y echó a Fontan, cambiando su cubierto para coger sitio al lado de Nana. Hubo exclamaciones, aplausos y palabras muy rudas. Fontan mostraba su desesperación con sus gestos chuscos de Vulcano llorando a Venus.