Nana
Nana Inmediatamente Prullière se mostró galante, pero Nana, cuyo pie buscaba debajo de la mesa, le pegó un golpe para que se estuviese quieto. No, ciertamente no se acostaría con él. El mes anterior había tenido un principio de capricho debido a su hermosa cabeza, pero ahora lo detestaba. Si volvía a pellizcarla, fingiendo que recogía su servilleta, le arrojaría su vaso a la cara.
No obstante, la velada transcurrió bien. Se pusieron, como era natural, a hablar del Varietés. ¿No se moría aquel canalla de Bordenave? Sus cochinas enfermedades reaparecían y le hacían padecer tanto que no estaba ni para que lo cogiesen con pinzas. La víspera, durante el ensayo, había estado vociferando continuamente contra Simonne.
—He aquí a uno al que no llorarán mucho los artistas.
Nana dijo que si la llamaba para un papel, lo mandaría bonitamente a paseo; además, hablaba de no volver a las tablas porque el teatro no valía lo que su casa. Fontan, que no actuaba en la nueva obra ni en la que se ensayaba, también exageraba la dicha de gozar de su completa libertad, de pasar las veladas con su gatita, los pies cerca del fuego. Y los otros lanzaban exclamaciones tratándolos de afortunados y fingiendo envidiar su dicha.