Nana

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Sin embargo, Nana acabó por interrogarle, llevada de una curiosidad que la hacía olvidar su primera turbación. Como la gente los atropellaba, ella lo empujó a una puerta, donde siguió de pie ante él, con la bolsa del pan en la mano. ¿Qué decían de su fuga? Buen Dios, las señoras a quienes peinaba decían esto, aquello y lo de más allá; en suma, mucho ruido y un verdadero triunfo. ¿Y Steiner? El señor Steiner había bajado mucho, y acabaría mal si no encontraba una nueva operación. ¿Y Daguenet? ¡Oh! ese iba perfectamente; el señor Daguenet se había encarrilado.

Nana, a quien los recuerdos excitaban, iba a abrir la boca para preguntar más, pero sintió cierta violencia al pronunciar el nombre de Muffat. Entonces Francis, sonriendo, habló el primero. En cuanto al señor conde, estaba que daba pena; había sufrido tanto desde la marcha de la señora, que parecía un alma en pena; se le veía en todos los sitios donde podía estar ella.

Hasta que lo encontró el señor Mignon, que se lo llevó a su casa. Esta noticia hizo reír mucho a Nana, pero fue una risa nerviosa.

—Ah… Entonces, ahora está con Rose —dijo ella—. Muy bien, pero sepa, Francis, que todo eso me importa un comino. Vaya con ese gazmoño. Ha cogido la costumbre y no puede ni abstenerse ocho días. ¡Y me juraba que para él no habría otra mujer después de mí!

En el fondo estaba rabiando.


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