Nana

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—Son mis desechos —añadió Nana—. Buen pájaro se ha pagado Rose. Lo comprendo, ha querido vengarse porque le quité a ese bruto de Steiner. Hermoso triunfo llevarse a casa a un hombre que puse de patitas en la calle.

—El señor Mignon no cuenta las cosas de esa manera —dijo el peluquero—. Según él, ha sido el señor conde quien la despidió. Sí, y de una manera bien humillante, de una patada en cierto sitio.

Al oír eso, Nana palideció.

—¿Qué? —exclamó—. ¿Una patada a mí y en…? Esto ya es demasiado. ¡Pero si fui yo quien echó por la escalera a ese cornudo! Porque es un cornudo. Ya debes saberlo; su condesa le pone los cuernos con todo el mundo, hasta con ese granuja de Fauchery. Y ese Mignon rondando la calle para la mona de su mujer, a la que nadie quiere de tan flaca. ¡Cochino mundo! ¡Una gentuza!

Se ahogaba. Tomó aliento.

—¿Y dicen eso…? Pues bien, amigo Francis, iré a buscarlos. ¿Quieres que vayamos los dos ahora mismo? Sí, iré y veremos si tienen cara para seguir hablando de patadas en mis nalgas… ¡Patadas! Jamás se lo toleré a nadie. Y nunca me pegarán, sabes, porque me comería al tipo que me tocase.


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