Nana

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Luego se tranquilizó. Después de todo, podían decir lo que quisiesen, porque no los consideraba más que al barro de sus zapatos. Se mancharía si se ocupase de esas gentes. Ella tenía la conciencia tranquila. Y Francis, en tono familiar, al verla vestida como una mujer de servicio, se permitió darle algunos consejos al despedirse. Había hecho mal en sacrificarlo todo por un capricho, pues los caprichos podían arruinar una vida. Ella le escuchaba con la cabeza baja mientras él hablaba con acento apenado, demostrando que le dolía que una muchacha tan bella le volviese la espalda a la suerte.

—Eso es asunto mío —acabó por decir ella—. De todas maneras, gracias, querido.

Ella le estrechó la mano, que tenía siempre un poco de grasa a pesar de su correcto porte; luego se dirigió al puesto del pescado. Durante todo el día la preocupó aquella historia de la patada en el trasero. Incluso se lo dijo a Fontan, y nuevamente se jactó de ser una mujer que no toleraría ni si quiera un papirotazo. Fontan, como espíritu superior, aseguró que todos los hombres de posición eran unos groseros y que debía despreciárselos. Desde entonces Nana sintió el mayor desdén por ellos.


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