Nana
Nana Precisamente aquella noche fueron a los Bouffes a ver la presentaciĂłn, en un papel de diez lĂneas, de una mujercita que Fontan conocĂa. Era casi la una cuando regresaban a pie a las alturas de Montmartre. En la calle de la ChaussĂ©e d’Antin habĂan comprado una torta y se la comieron en la cama porque no hacĂa calor y tampoco habĂa que encender el fuego. Sentados en la cama, el cobertor sobre el vientre y las almohadas amontonadas tras la espalda, comĂan y hablaban de la debutante. Nana la encontraba fea y sin gracia. Fontan, inclinado hacia adelante, le pasaba los trozos de torta, puesta en la mesilla de noche, entre la bujĂa y las cerillas. Pero acabaron por discutir.
—No sé qué le encuentran —gritó Nana—. Tiene los ojos como agujereados y cabellos de color de cáñamo.
—Cállate —repetĂa Fontan—. Una cabellera soberbia, unas miradas de fuego… Ya se sabe que las mujeres siempre os comĂ©is unas a otras.
Estaba muy contrariado.
—¡Esto ya es demasiado! —dijo al fin con voz agresiva—. Sabes que no me gusta que me fastidien. Durmamos o esto acabará mal. —Y soplĂł la bujĂa. Nana estaba furiosa; no admitĂa que se le hablase en aquel tono, y estaba acostumbrada a ser respetada. Como Ă©l no le respondĂa, tuvo que callarse. Pero ella no conseguĂa dormirse, y daba vueltas y más vueltas.