Nana
Nana —¡Por Dios!, ¿acabarás de moverte? —gritó Fontan de golpe, con un brusco salto.
—No es culpa mÃa si hay migas en la cama —replicó ella secamente.
En efecto, habÃa migas. Ella las sentÃa hasta debajo de sus muslos y la molestaban con sólo moverse. Una miga se le incrustó en una nalga y se rascó hasta salirle sangre. Además, cuando se come un pastel en la cama, ¿no se sacude siempre la sábana? Fontan, frÃamente rabioso, habÃa encendido una bujÃa. Los dos se levantaron, descalzos, en camisa, levantaron los cobertores y sacudieron la sábana. Él tiritaba y volvió a acostarse, enviándola al diablo porque ella le decÃa que se limpiase los pies. Después Nana volvió a ocupar su sitio, pero apenas se estiró, empezó a moverse. Aún quedaban migas.
—Diablos, si estaba segura. Las has vuelto a meter con los pies. Ya no puedo más, ¡te digo que no puedo más!
Y se dispuso a pasar por encima de él para bajar de la cama. Entonces, harto, y queriendo dormir, Fontan le arreó una bofetada con todas sus ganas. La bofetada fue tan fuerte que, del golpe, Nana se encontró tendida, otra vez acostada y con la cabeza en la almohada. Se quedó aturdida.
—¡Oh…! —dijo simplemente, con un hondo suspiro de niña.