Nana
Nana Y aún la amenazó con otra bofetada si volvía a moverse. Luego de apagar la luz se tendió cómodamente boca arriba y en el acto empezó a roncar.
Nana, con la nariz clavada en la almohada, lloriqueaba. Era una cobardía abusar de su fuerza. Pero había sentido verdadero pánico al ver la máscara cómica de Fontan volverse tan terrible. Y su cólera se esfumó como si la bofetada la hubiese calmado. Ella lo respetaba y se pegaba a la pared del dormitorio para dejarle todo el sitio posible. Acabó por dormirse, la mejilla caliente, los ojos llenos de lágrimas, en un abatimiento delicioso, en una sumisión tan rendida que ya no sintió las migas.
Por la mañana, cuando se despertó tenía a Fontan entre sus brazos apretándolo contra su pecho, muy fuerte ¿No es así? Él no volvería a hacerlo más, ¡nunca más! Y ella le amaba demasiado; de él, hasta era bueno ser abofeteada.
Entonces empezó una nueva vida. Por un sí o un no, Fontan le largaba una bofetada, y ella, ya acostumbrada, las admitía. A veces gritaba, le amenazaba, pero él la empujaba contra la pared amenazándola con estrangularla, lo que la volvía sumamente dócil. Lo más frecuente era caer en una silla sollozando durante cinco minutos. Después se olvidaba, muy alegre, con cantos y risas, y carreras que amenizaban la alcoba con el vuelo de sus enaguas.