Nana
Nana Lo peor era que ahora Fontan desaparecía durante todo el día y no regresaba nunca antes de medianoche; iba a los cafés, donde se encontraba con sus amigos. Nana lo toleraba todo, temblorosa, acariciante, con el único miedo de no verle regresar si le hacía algún reproche. Pero algunos días, cuando no tenía a la señora Maloir, ni a su tía con Louiset, se aburría mortalmente. Así pues, un domingo, estando en el mercado de La Rochefoucauld regateando el precio de unos pichones, tuvo una alegría al encontrarse con Satin, que compraba unos rábanos. Desde la noche en que el príncipe se había bebido el champaña de Fontan, no habían vuelto a verse.
—¡Cómo! ¿Eres tú? ¿Vives en el barrio? —dijo Satin, asombrada al verla en chancletas por la calle a aquella hora—. Pobre hija mía… ¿Estás en reparación?