Nana
Nana Nana la hizo callarse con un fruncimiento de cejas, porque había allí otras mujeres en salto de cama, sin vestirse, los cabellos sueltos y blancos de pelusa. Por la mañana todas las mujerzuelas del barrio, en cuanto habían puesto al hombre de la víspera en la calle, corrían a hacer sus provisiones, los ojos cargados de sueño, arrastrando las zapatillas con el mal humor y el cansancio de toda una noche de fatigas. De cada calle de la encrucijada bajaban hacia el mercado, muy pálidas, jóvenes aún, graciosas en su abandono, y a la vez grotescas y apergaminadas viejas, enseñando sus huesos y sin que las avergonzase ser vistas así, fuera de las horas de trabajo; y en las aceras los paseantes se volvían, sin que una sola se dignase sonreírles, con su porte de amas de casa, para las que los hombres no existen. Precisamente, cuando Satin pagaba el paquete de rábanos, un hombre joven, algún empleado retrasado, le lanzó, según pasaba, un «Buenos días, querida». En el acto ella se irguió con la dignidad de una reina ofendida y le dijo:
—¿Por quién me tomará ese cerdo?
Luego creyó reconocerle. Tres días antes, hacia medianoche, subiendo por el bulevar, ella le estuvo hablando cerca de media hora, en la esquina de la calle Labruyère, para decidirle. Pero esto aún la sublevó más.