Nana
Nana —Son bien groseros gritándole a una esas cosas en pleno dÃa —añadió—. Cuando una va a sus asuntos, es para que se la respete, ¿no es asÃ?
Nana compró los pichones, aunque dudaba de su frescura. Entonces Satin quiso enseñarle su puerta; vivÃa al lado, en la calle La Rochefoucauld. Y cuando se quedaron solas, Nana le contó su pasión por Fontan.
Al llegar a su casa, Satin se detuvo con los rábanos bajo el brazo, intrigada por un último detalle que Nana le daba, mintiendo a su vez, jurando que era ella quien habÃa puesto al conde Muffat de patitas en la calle, a puntapiés en el trasero.
—¡Oh, soberbio! —repetÃa Satin—. ¡Soberbio! ¿A puntapiés? Y no dijo nada, ¿verdad? Es muy cobarde. Me habrÃa gustado estar allà para ver su facha… Querida mÃa, tienes razón. Al diablo el dinero. Yo, cuando tengo un capricho, me lo doy hasta reventar. Ven a verme, prométemelo. Es la puerta de la izquierda. Llama tres veces, porque hay tal cantidad de inoportunos…