Nana
Nana Desde entonces, cuando Nana se aburría demasiado, bajaba a ver a Satin. Siempre estaba segura de encontrarla, porque no salía nunca antes de las diez. Satin ocupaba dos habitaciones, que un farmacéutico le había amueblado para salvarla de la policía, pero en menos de trece meses había roto los muebles, desfondado las sillas, ensuciado las cortinas, y había tanta suciedad y desorden que el alojamiento parecía habitado por una banda de gatos rabiosos.
Las mañanas en que, asqueada de tanta mugre, se le ocurría a ella misma limpiar tanta basura, se le quedaban en las manos astillas de los muebles y jirones de cortinas, a fuerza de pelear con la cochambre. Esos días, aquello aún estaba más sucio, y no se podía entrar, porque muchas cosas estaban en el suelo y obstruían las puertas. Y acababa por abandonar la limpieza. A la luz de la lámpara, el armario de luna, el reloj y lo que quedaba de cortinas, aún producía cierta ilusión en los hombres. Por lo demás, hacía seis meses que su propietario la amenazaba con expulsarla. Entonces, ¿para quién iba a cuidar los muebles? ¿Para él tal vez? ¡Vaya gracia! Y cuando se levantaba de buen humor, gritaba «¡Hala ya!» a la vez que pegaba coces a los costados del armario, y de la cómoda, que crujían a los golpes.