Nana
Nana Nana casi siempre la encontraba acostada. Incluso en los días en que Satin bajaba a comprar sus vituallas, se sentía tan fatigada al regresar que volvía a echarse en la cama. Durante el día se arrastraba, dormía en cualquier silla y no salía de aquella languidez hasta que al anochecer se encendía el gas.
Y Nana se encontraba muy bien en su casa, sentada sin hacer nada, en medio de la cama deshecha, de las mantas tiradas al suelo, de las enaguas sucias de la víspera, que manchaban de barro los sillones.
Allí chismorreaban, se hacían confidencias interminables, mientras Satin, en camisa, echada y con los pies más altos que la cabeza, la escuchaba fumando cigarrillo tras cigarrillo. A veces se compraban ajenjo, para las tardes en que se sentían melancólicas, para olvidar, decían ellas; sin bajar, y sin siquiera ponerse una falda, Satin se asomaba por encima de la barandilla y le gritaba el encargo a la hija de la portera, una mocosa de diez años, que les traía el ajenjo en un vaso y miraba curiosa las piernas desnudas de la señora.