Nana

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Todas las conversaciones desembocaban en el tema de los hombres. Nana estaba disgustada con su Fontan; ella no podía decir diez palabras sin caer de nuevo en las imbecilidades que él le echaba siempre en cara. Pero Satin, como buena chica, escuchaba sin cansarse aquellas eternas historias de esperas en la ventana, de discusiones por un guiso quemado, de reconciliaciones en la cama después de horas enteras de enojo.

Por necesidad de hablar de esto, Nana llegó a contarle todas las bofetadas recibidas; la semana pasada le había hinchado un ojo; la víspera, sin ir más lejos, a propósito de unas zapatillas que no aparecían, la tiró de una bofetada contra la mesilla de noche, y Satin no se asombraba ante nada, soplando el humo de su cigarrillo, e interrumpiéndose para sólo decir que ella siempre se agachaba, con lo que evitaba que el señor le arrease la bofetada. Ambas se embalaban con sus historias de golpes, felices y aturdidas por los mismos hechos imbéciles, cien veces repetidos, cediendo a la blanda y cálida lasitud de las palizas indignas de que ellas hablaban. Ese gusto de insistir sobre las bofetadas de Fontan, de criticar a Fontan hasta por su manera de quitarse las botas, eran el tema diario de Nana, sobre todo desde que Satin empezó por serle simpática. También le explicaba hechos más fuertes, como el de un pastelero que la dejó medio muerta en el suelo, y aún le siguió queriendo.


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