Nana
Nana Después llegaban los días en que Nana lloraba, diciendo que aquello no podía continuar así. Satin la acompañaba hasta la puerta y se quedaba una hora en la calle para ver si él la asesinaba. Y al día siguiente las dos mujeres gozaban toda la tarde con los comentarios sobre la reconciliación, prefiriendo, no obstante, aunque sin decirlo, los días en que había golpes, porque esto las apasionaba más.
Empezaron a ser inseparables. No obstante, Satin nunca iba a casa de Nana. Fontan había dicho que en su casa no quería trotacalles; pero salían juntas, y así fue como Satin llevó un día a su amiga a casa de una mujer, precisamente aquella señora Robert que tanto preocupaba a Nana y que le causaba cierto respeto desde el día en que se negó a asistir a una cena suya.
La señora Robert vivía en la calle Mosnier, una calle nueva y silenciosa del barrio de Europa, sin un establecimiento y con hermosas casas cuyos pequeños apartamentos los ocupaban casi sólo señoras.
Eran las cinco; a lo largo de las desiertas aceras, en la paz aristocrática de las altas casas blancas, se veían cupés de bolsistas y de negociantes estacionados, y los hombres caminaban aprisa, levantando los ojos hacia las ventanas, donde mujeres en peinador parecía que les esperasen. De momento Nana se negó a subir, diciendo con aire afectado que no conocía a aquella señora, pero Satin insistió.