Nana
Nana Ella siempre podía llevar una amiga. Además, sólo quería hacer una simple visita de cortesía; la señora Robert, a quien había encontrado el día anterior en un restaurante, se había mostrado muy gentil y le hizo prometer que iría a visitarla. Y Nana acabó por ceder.
Arriba, una criada medio dormida les dijo que la señora no estaba en casa. No obstante, quiso introducirlas en el salón, en donde las dejó solas.
—Caramba, qué elegancia —murmuró Satin.
Era un apartamento severo y burgués, forrado de telas oscuras con el gusto de un boticario Parisiense retirado después de haber hecho fortuna.
Nana, impresionada, quiso bromear, pero Satin se enfadaba y respondía de la virtud de la señora Robert. Siempre se la encontraba en compañía de hombres de edad y serios, que le daban el brazo. De momento tenía un antiguo chocolatero, un hombre muy reposado. Cuando iba, encantado del buen aspecto de la casa, se hacía anunciar y la llamaba hija mía.
—Pero mira, aquí la tienes —repuso Satin enseñándole una fotografía colocada delante del reloj.
Nana miró el retrato un instante. Representaba una mujer muy morena, de rostro alargado, los labios finos y con una sonrisa discreta. Se hubiera dicho que era una dama de mundo bien situada.