Nana
Nana —Es extraño —murmuró al fin—. Estoy segura de haber visto esta cara en algún lugar. ¿Dónde? No lo sé. Pero no debió de ser en un sitio muy limpio… No, no. Seguro que no fue en un sitio muy limpio.
Y añadió, volviéndose hacia su amiga:
—Entonces, te ha hecho prometer que vendrÃas a verla. ¿Qué quiere de ti?
—¿Que qué quiere de mÃ? Sin duda hablar, estar un rato juntas… Pura cortesÃa.
Nana miró fijamente a Satin; luego hizo chascar la lengua. En fin, aquello le daba igual. Pero como la dama no llegaba, dijo que no esperaba más, y se fueron.
Al dÃa siguiente Fontan advirtió a Nana que no irÃa a comer. Y Nana bajó temprano y fue a buscar a Satin para invitarla a comer en algún restaurante. La elección del lugar constituyó un arduo problema. Satin proponÃa comedores que Nana encontraba infectos, hasta que la convenció de que fuesen a comer a Casa Laure. Era un fonducho de la calle Martyrs, donde el cubierto costaba tres francos.
Aburridas de esperar, y no sabiendo qué hacer por las aceras, subieron a Casa Laure veinte minutos antes de la hora. Los tres comedores aún estaban vacÃos. Se colocaron en una mesa del mismo salón donde Laure Piédefer reinaba, sentada sobre la alta banqueta del mostrador. Esta Laure era una mujer de cincuenta años, y de formas desbordantes, comprimidas con cinturones y corsés.