Nana

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Las mujeres iban llegando en fila, se empinaban por encima de las bandejas y besaban a Laure en la boca, con una familiaridad cariñosa, mientras este monstruo de ojos húmedos trataba, repartiéndose, de no provocar celos.

La sirvienta, en cambio, era una mujer alta, delgada, deteriorada, que servía a aquellas señoras con ojos negros y miradas encendidas por un fuego sombrío. En seguida se llenaron los tres salones. Había un centenar de clientes, mezclados al azar por las mesas, la mayoría ronzando la cuarentena, gordos, con exuberancia de carne y muestras de vicio en sus mustias bocas, y en medio de aquellas redondeces de pechos y de vientres, aparecían algunas muchachitas delgadas, de aire todavía ingenuo bajo el descaro del gesto, de principiantes recogidas en cualquier tasca y llevadas por una clienta a Casa Laure, en donde la recua de mujeres gordotas, puestas ante el aroma de aquella juventud, se movía y hacía en torno suyo una corte propia de viejos mozos inquietos, pagándoles golosinas.

No había muchos hombres, diez o quince a lo sumo, y con actitud humilde bajo la ola invasora de faldas, excepto cuatro mocetones que quisieron ver qué había en Casa Laure, y bromeaban muy a gusto.

—¿No te parece? —decía Satin—. Está muy bueno este guisado.


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