Nana
Nana Nana movÃa la cabeza, satisfecha. Era la clásica y sólida comida de una fonda de provincias: vol-au-vent a la financiera, pollo con arroz, judÃas verdes en su jugo y crema de vainilla helada al caramelo. Las señoras caÃan particularmente sobre el pollo con arroz, estallando en sus corpiños y limpiándose los labios discretamente.
Al principio, Nana tuvo miedo de encontrarse con alguna antigua conocida que le pudiese hacer preguntas tontas, pero se tranquilizó al no ver ningún rostro conocido entre aquella multitud tan variada, en la que los vestidos descoloridos y los sombreros lamentables se emparejaban con ricos atuendos en la fraternidad de las mismas perversiones. Durante un momento se interesó por un joven de cabellos cortos y ondulados, el rostro insolente, que tenÃa sin aliento y pendientes de sus menores caprichos a toda una mesa de mujeres que reventaban de grasa, pero cuando el joven se rió, se le hinchó el pecho.
—Toma, si es una mujer —gritó casi Nana.
Satin, que se atracaba de pollo, levantó la cabeza murmurando:
—SÃ; la conozco… Es muy elegante. Se la disputan todos.