Nana

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Nana hizo una mueca de desagrado. Ella aún no comprendía aquello. Sin embargo, añadió con voz razonable que sobre gustos y colores no debía discutirse, porque jamás se sabía lo que podría quererse cualquier día.

Así pues, se comió su crema con filosofía, viendo que Satin revolucionaba las mesas vecinas con sus grandes ojos azules de virgen. Había, sobre todo, junto a ella una rubia muy amable, que se encendía y se acercaba tanto que Nana estuvo a punto de intervenir.

Pero en aquel momento una mujer que entraba la sorprendió mucho. Acababa de reconocer a la señora Robert, quien, con su bonita cara de ratita morena, dirigió una seña familiar a la rubia delgada, y luego fue a apoyarse en el mostrador de Laure. Y las dos se besaron con efusión. Nana encontró la caricia muy cómica por parte de una mujer tan distinguida, mayormente cuando la señora Robert no tenía nada de su aire modesto, sino al contrario; lanzaba ojeadas por el salón y hablaba en voz baja.





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