Nana

Nana

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Laure había vuelto a sentarse, inmovilizándose de nuevo con la majestuosidad de un viejo ídolo del vicio, la faz desgastada y barnizada por los besos de sus fieles, y, por encima de los platos llenos, reinaba sobre su clientela, numerosa en mujeres gordas, monstruosas entre las más opulentas, imperando con aquella fortuna de dueña de hotel que recompensaba cuarenta años de ejercicio.

Pero la señora Robert ya había descubierto a Satin. Dejando a Laure, corrió, se mostró encantadora, y dijo cuánto lamentaba no haber estado el día anterior en su casa, y como Satin quería hacerle un huequecito a toda costa, ella juraba que ya había comido. Sólo había subido para echar un vistazo.

Mientras hablaba, de pie detrás de su nueva amiga, se apoyaba en sus hombros, sonriendo mimosa y repitiendo:

—¿Qué? ¿Cuándo volveré a verla? Si estuviese libre…

Nana, desgraciadamente, no pudo oír más. Aquella conversación la molestaba, ardía en deseos de decirle cuatro verdades a aquella mujer honrada. Pero al ver una banda que acababa de entrar, se contuvo.


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