Nana

Nana

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Eran las mujeres elegantes, con los mejores vestidos y bien alhajadas. Acudían a Casa Laure, a quien todas tuteaban, llevadas por un gusto perverso, paseando los cien mil francos en pedrería sobre su piel para cenar por tres francos ante el triste asombro de las pobres muchachas mal vestidas. Cuando entraron, gritando y riendo a voces, trayendo de fuera un poco de sol, Nana se volvió con viveza, molesta al reconocer entre ellas a Lucy Stewart y a María Blond.

Durante cinco minutos, todo el tiempo que aquellas señoras permanecieron charlando con Laure antes de pasar al salón de al lado, estuvo con la cabeza baja, simulando estar muy ocupada en recoger las migas de pan que había sobre el mantel. Luego, cuando pudo volverse, se quedó estupefacta: la silla de al lado estaba vacía. Satin había desaparecido.

—¿Pero dónde está? —preguntó en voz alta.

La rubia gorda, que había colmado a Satin de atenciones, se rió en medio de su mal humor, y como Nana, irritada por aquella risa, la mirase amenazadora, dijo débilmente y con voz temblona:

—No he sido yo, sino la otra.


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