Nana
Nana Nana comprendió que se burlarían de ella y no dijo nada más. Siguió otro rato sentada, no queriendo demostrar su cólera. En el salón vecino se oían las carcajadas de Lucy Stewart, que invitaba a un grupo de muchachas que llegaban de los bailes de Montmartre y de la Chapelle. Hacía un calor sofocante. La criada retiraba las pilas de platos sucios en medio de un fuerte olor a pollo con arroz y, mientras, cuatro señores habían acabado de servir vino fino a media docena de parejas, esperando emborracharlas y escuchar sus confesiones.
Lo que ahora indignaba a Nana era pagar la comida de Satin. Vaya una pájara, que se dejaba engatusar y se largaba con el primer perro lanudo sin dar las gracias. Claro que no eran más que tres francos, pero le parecía un duro golpe, porque los malos modales eran muy desagradables. No obstante, pagó, arrojando seis francos a Laure, a quien ahora despreciaba más que al barro del arroyo.