Nana

Nana

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En la calle Martyrs, Nana aún sintió acrecentarse más su rencor. Seguro que no iba a correr detrás de Satin; ¡bonita basura para meter las narices! Pero le había fastidiado la noche, y subió lentamente hacia Montmartre, a cada paso más irritada contra la señora Robert. Ésta sí que tenía un buen cutis, haciéndose pasar por señora distinguida; sí, distinguida en el rincón de las inmundicias. Ahora ya estaba segura de haberla encontrado en el Papillon, un infecto tugurio de la calle Poissonnières, en donde los hombres las cogían por treinta céntimos. Y esa embaucaba a los modestos jefes de oficina, y se negaba a acudir a las cenas a las que se le hacía el honor de invitarla, dándose aires de virtuosa. ¡Vaya con su virtud! Era igual que la de esas gazmoñas que se entregan en los cuchitriles más infectos.

Entretanto, y mientras pensaba en todo eso, Nana había llegado a su casa, en la calle Véron. Se quedó muy sorprendida al ver luz en ella. Fontan regresaba de mal humor también a él le había abandonado el amigo que le invitó a cenar. Escuchó con frialdad las explicaciones que ella le daba, temiendo los golpes y asustada por encontrarle allí cuando no lo esperaba antes de la una de la madrugada; mentía y confesaba haber gastado seis francos, pero con la señora Maloir.


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