Nana

Nana

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Entonces Fontan, muy digno, le entregó una carta que iba dirigida a ella y que él había abierto tranquilamente. Era de Georges, siempre encerrado en las Fondettes, que cada semana se desahogaba en páginas ardientes.

Nana adoraba que le escribiera, sobre todo con grandes frases de amor y con juramentos. Las leía a todo el mundo. Fontan conocía el estilo de Georges y lo apreciaba. Pero aquella noche se temía tal escena que Nana se mostró indiferente; recorrió la carta con gesto malhumorado y la dejó.

Fontan se había puesto a golpear un cristal, aburrido por tener que acostarse tan temprano y no saber con qué entretenerse. Bruscamente se volvió y dijo:

—¿Y si respondiésemos en seguida a ese mocoso?

Por lo general era él quien escribía. Luchaba con el estilo, pues se sentía feliz cuando Nana, entusiasmada con la lectura de su carta, hecha en voz alta, lo abrazaba gritando que no había nadie como él para encontrar frases semejantes. Aquello acababa por encenderles, y se adoraban.

—Como quieras —respondió ella—. Voy a preparar té y nos acostaremos en seguida.

Entonces Fontan se instaló en la mesa con gran despliegue de pluma y papel. Y, arqueando los brazos, estiró la barbilla.

—«Corazón mío» —empezó en voz alta.


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