Nana
Nana Y durante más de una hora se dedicó a la tarea, reflexionando a veces sobre una frase, la cabeza entre las manos, suspirando y riéndose cada vez que encontraba una expresión cariñosa.
Nana, sin hablar, se había bebido ya dos tazas de té. Por fin leyó la carta, como se lee en el teatro, con voz clara y con ademanes. Hablaba, dentro de aquellas cinco páginas, de las «horas deliciosas pasadas en la Mignotte, aquellas horas que vivían en el recuerdo como perfumes sutiles» juraba «una eterna fidelidad a aquella primavera de amor» y concluía asegurando que su único deseo era «volverla a empezar, si tanta felicidad podía reanudarse».
—Ya sabes —repuso él—, que digo todo esto por cortesía. Como se trata sólo de una broma… Creo que he sabido lucirme.
Triunfaba, pero Nana, torpe, desconfiando siempre, cometió el error de no saltarle al cuello con alegría. Encontraba bien la carta, pero nada más.
Entonces él se sintió vejado. Si la carta no le agradaba, podía escribir ella otra, y en vez de besarse, como de costumbre, después de haber renovado sus frases de amor, se quedaron apagados a ambos lados de la mesa. No obstante, ella le sirvió una taza de té.
—¡Vaya una porquería! —exclamó él humedeciéndose los labios—. Le has echado sal.