Nana
Nana Nana tuvo la desgracia de encogerse de hombros y él se puso furioso.
—Esto acabará mal esta noche.
Y la querella vino de aquÃ. El reloj sólo marcaba las diez, y aquello no era más que un modo de matar el tiempo. Fontan empezó lanzando al rostro de Nana una oleada de injurias, toda clase de acusaciones, una sobre otra, sin permitirle defenderse: era una sucia, una bestia y habÃa rodado por todas partes. Luego se encarnizó sobre la cuestión del dinero. ¿Acaso él gastaba seis francos cuando cenaba en la ciudad? Le pagaban la cena, y si no, se hubiese comido un cocido. ¡Y gastarlos con aquella vieja de Maloir, un espantajo al que le enseñarÃa la puerta al dÃa siguiente! ¡Pues, sÃ! IrÃan lejos si todos los dÃas, él y ella, tirasen seis francos a la calle.
—Además, quiero las cuentas —gritó—. A ver, dame el dinero. ¿Cuánto tenemos?
Todos sus instintos de sórdida avaricia estallaron. Nana, dominada, asustada, se apresuró a coger del escritorio el dinero que le quedaba y se lo puso delante. Hasta entonces la llave estaba sobre la caja común y cada uno sacaba lo que querÃa.
—¡Cómo! —exclamó después de haberlo contado—. Apenas quedan siete mil francos de los diecisiete mil, y no llevamos juntos más que tres meses… ¡No es posible!