Nana
Nana Y él mismo revolvió el escritorio y sacó el cajón para examinarlo a la luz de la lámpara. Pero no había más que seis mil ochocientos y algunos francos. Aquello ya fue la tempestad.
—¡Diez mil francos en tres meses! —chilló—. ¿Qué has hecho? ¿Eh? ¡Responde! ¿Ha pasado todo eso a la tragona de tu tía? ¿O es que pagas a los hombres? ¿Quieres responder?
—Si te pones así —dijo Nana—, el cálculo es muy fácil de hacer… Tú no cuentas los muebles; además, he tenido que comprar sábanas. El dinero se va rápido cuando hay que instalarse.
Pero aún exigiéndole explicaciones, él no quería escucharlas.
—Sí, se va muy rápido —replicó él con calma—, y mira, estoy harto de esta cocina en común… Tú sabes que estos siete mil francos son míos. Pues ya los tengo, y me los guardo; no tengo ganas de verme arruinado. A cada uno lo suyo.
Y tranquilamente se metió el dinero en el bolsillo. Nana le miraba estupefacta. Él continuó, sin inmutarse:
—Ya comprendes que no soy tan tonto como para cuidar de tías y de niños que no son míos… A ti te ha gustado gastarte el dinero, y era tuyo, pero el mío es sagrado… Cuando hagas cocer el puchero, yo te pagaré la mitad. Cada noche pasaremos cuentas, y nada más.