Nana
Nana Nana se indignó y no pudo reprimir este grito:
—Oye, tú has comido también de mis diez mil francos… ¡Vaya puerco!
Pero él no se detuvo en discutir más. Por encima de la mesa, y al vuelo, le largó una bofetada, diciéndole:
—Repite eso.
Y ella lo repitió a pesar del golpe, y él cayó sobre ella, a coces y puñetazos. La puso en tal estado que ella acabó, como de costumbre, desnudándose y acostándose llorando. Él resoplaba, e iba a acostarse cuando vio sobre la mesa la carta que habÃa escrito a Georges. Entonces la cogió, la dobló con cuidado, se volvió a la cama y dijo en tono amenazador:
—Está muy bien escrita, y yo mismo la echaré al correo, porque no me gustan los caprichos… ¡Y no gimas más, que me irritas!
Nana, que lloraba a pequeños suspiros, contuvo el aliento. Cuando él se hubo acostado, sofocada, se echó sobre su pecho, sollozando. Sus contiendas siempre terminaban igual; ella temblaba ante la idea de perderle, tenÃa una cobarde necesidad de saberle suyo, a pesar de todo. Dos veces él la rechazó con ademán soberbio, pero el abrazo tibio de aquella mujer que le suplicaba, con sus grandes y húmedos ojos de bestia fiel, le encendió el deseo.