Nana

Nana

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Y se portó como un buen príncipe, sin por ello rebajarse a ningún anticipo; se dejó acariciar y tomar a la fuerza, como hombre cuyo perdón vale la pena ganarse. Después le asaltó una inquietud; temía que Nana representase una comedia para recobrar la llave de la caja. La bujía estaba apagada cuando sintió la necesidad de imponer su voluntad.

—Ya lo sabes, querida; eso es muy serio. Me guardo el dinero.

Nana, que se dormía con la cabeza sobre el cuello de él, encontró una frase sublime:

—Sí, no temas… Ya trabajaré.

Pero desde aquella noche la vida entre ellos se hizo cada vez más difícil.

Desde el principio al fin de la semana, se sucedían tales series de golpes, que parecían el tictac de un reloj regulando su existencia. Nana, a fuerza de palizas, adquiría una flexibilidad de lienzo fino, y esto la hacía delicada de piel, sonrosada y blanca de tez, tan suave al tacto, tan diáfana a la vista, que aún la embellecía más.


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