Nana

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También Prullière se pegaba a sus faldas, apareciendo cuando Fontan no estaba, para arrinconarla contra las paredes y besarla. Pero ella se debatía, indignada inmediatamente, con rubores de vergüenza; encontraba repugnante que pretendiese engañar a un amigo. Entonces Prullière se echaba a reír con gesto contrariado. ¡Verdaderamente se volvía muy necia! ¿Cómo podía ser fiel a semejante mono? Porque Fontan era un verdadero mono con su nariz siempre en movimiento. ¡Una cara asquerosa! Y, además, un hombre que la maltrataba.

—Es posible, pero yo lo amo así —respondió ella un día, con el aire tranquilo de una mujer que confiesa un gusto abominable.

Bosc se contentaba con comer lo más a menudo posible. Él se encogía de hombros detrás de Prullière; un bonito mozo, pero nada serio. Varias veces había asistido a escenas de la pareja; a los postres, cuando Fontan abofeteaba a Nana, él continuaba masticando seriamente y encontrando aquello muy natural. Para pagar su comida, extasiábase siempre ante su felicidad. Se proclamaba filósofo; había renunciado a todo, incluso a la gloria. Fontan y Prullière, recostados en sus sillas, a veces se olvidaban del tiempo ante la mesa recogida, contándose sus triunfos hasta las dos de la madrugada con sus gestos y su voz teatral, mientras él, absorto, soltando de vez en cuando una risita de desdén, acababa silenciosamente con la botella de coñac.


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