Nana
Nana ¿Qué quedaba de Talma? Nada. Pues que le dejasen en paz. Todo aquello era demasiado estúpido.
Una tarde encontró a Nana llorando. Ella se quitó la bata para enseñarle la espalda y los brazos, negros de los golpes. Le miró la piel, sin tentaciones de abusar, como habría hecho el imbécil de Prullière. Luego dijo sentenciosamente:
—Hija mía, donde hay mujeres hay tortazos. Fue Napoleón quien lo dijo, creo… Lávate con agua salada. El agua salada es excelente para las magulladuras. Bah, ya recibirás otras, y no te quejes mientras no te rompan algo… ¿Sabes? Me invito, pues he visto una pierna de carnero.
Pero la señora Lerat no tenía esta filosofía. Cada vez que Nana le enseñaba un nuevo morado, gritaba hasta enronquecer. Le mataban a su sobrina, y aquello no podía durar. La verdad era que Fontan había echado a la señora Lerat, diciendo que no quería volver a verla en su casa, y desde aquel día, cuando ella estaba allí y él regresaba, debía salir por la cocina, lo que la humillaba horriblemente. Así pues, no agotaba los reproches contra tan grosero personaje. Le reprochaba, sobre todo, ser tan mal educado, con gestos de mujer muy versada, a quien nadie podía igualar en asuntos de buena educación.