Nana
Nana —Además —continuaba la tÃa— has conocido a personas distinguidas… Precisamente ayer en mi casa hablamos de eso con Zoé. Ella tampoco lo comprende. ¿Cómo es posible —dijo Zoé— que la señora, que llevaba como si fuera un perrito al señor conde, un hombre tan perfecto (entre nosotras, parece que le hacÃa andar de cabeza) cómo la señora puede dejarse golpear por ese payaso? Yo le tengo dicho que los golpes aún se soportan, pero jamás tolerarÃa la falta de consideraciones… ¡Y con su cara! No lo querrÃa en mi alcoba ni en pintura. Y tú te arruinas por ese pajarraco; sÃ, te arruinas, querida, te deslomas, cuando hay tantos, y, además, ricos, y gente que es del Gobierno… Pero me callo. No soy yo quien debe decirte estas cosas. Pero a la primera groserÃa, le plantarÃa con un Señor, ¿por quién me ha tomado usted? Y ya sabes; con tu aire majestuoso, le dejarÃas con un palmo de narices.
Entonces Nana estalló en sollozos, y balbuceó:
—¡Oh, tÃa…! Le amo.