Nana

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La verdad es que la señora Lerat estaba inquieta viendo que su sobrina le daba, haciendo un sacrificio, monedas de veinte céntimos de vez en cuando, para pagar la pensión de Louiset. Sin duda ella se sacrificaría teniendo al pequeño en espera de tiempos mejores, pero la idea de que Fontan les impedía a ella, al pequeño y a su madre nadar en oro, la enfurecía de tal manera que negaba el amor. Y entonces concluía con estas severas palabras:

—Óyeme, el día en que te haya despellejado, vendrás a llamar a mi puerta y te abriré.

Pronto el dinero se convirtió en la gran preocupación de Nana. Fontan había hecho desaparecer los siete mil francos; sin duda estaban en lugar seguro, y ella jamás se hubiera atrevido a preguntarle, porque mostraba cierto pudor con aquel pajarraco, como le llamaba la señora Lerat. Temblaba ante la idea de que pudiera creerla capaz de amarle por el dinero.






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