Nana
Nana Él había prometido subvenir a las necesidades del hogar. Los primeros días, cada mañana le daba tres francos, pero tenía exigencias de hombre que paga; con sus tres francos quería de todo: mantequilla, carne, primores; y si ella aventuraba alguna observación, le insinuaba que no podía ir al mercado con tres francos, él se irritaba, tratándola de criada derrochona, de inútil, de mala bestia a quien los vendedores robaban, y siempre amenazándola con buscar una pensión. Luego, al cabo de un mes, algunas mañanas se olvidaba de poner los tres francos sobre la cómoda.
Ella se había permitido pedírselos, tímidamente y de una manera indirecta. Entonces él salió con tales violencias, le hizo la vida tan difícil con el menor pretexto, que ella prefirió no contar con él. En cambio, cuando no había dejado las tres monedas de un franco y lo encontraba todo igual a la hora de comer, se mostraba contento como un jilguero, galanteador, besando a Nana y valseando con las sillas.
Y ella, muy dichosa, llegaba a desear no encontrarse nada en la cómoda a pesar de los apuros que pasaba para resolver la papeleta de la comida.
Hasta un día le devolvió sus tres francos, inventando una historia para decir que aún tenía dinero del día anterior, pero como él no se lo había dado, se quedó un momento indeciso, temiéndose una lección.