Nana
Nana Más ella lo miraba con ojos amorosos, y le besaba en un abandono absoluto, por lo que él se embolsó las monedas con el ligero temblor convulsivo de un avaro que recupera una cantidad comprometida.
Desde aquel día ya no se preocupó más, ni preguntó nunca de dónde procedía el dinero, poniendo cara triste cuando sólo había patatas, riendo hasta desencajar las mandíbulas cuando había pavo y carnero, sin perjuicio, no obstante, de largar algunas bofetadas a Nana, incluso en su dicha, para que no se le olvidase la mano.
Nana había encontrado el medio de soportarlo todo. La casa, algunos días, rebosaba de alimentos. Dos veces a la semana Bosc cogía una indigestión.
Cierto día en que la señora Lerat se retiraba, rabiosa al ver en el fuego una opípara cena que ella no comería, no pudo evitar preguntarle brutalmente quién pagaba. Nana, sorprendida, se quedó como una boba hasta que se echó a llorar.
—Muy bien, ¡viva la decencia! —dijo la tía, que lo comprendió todo.
Nana se había resignado, para tener paz en casa. Luego había sido culpa de la Tricon, a quien había encontrado en la calle Laval un día en que Fontan se marchó rabioso por causa de un plato de bacalao. Entonces le dijo que sí a la Tricon, que precisamente se encontraba en un aprieto.