Nana

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Como Fontan no regresaba antes de las seis, disponía de casi toda la tarde, y esto le proporcionaba cuarenta francos, o sesenta, y a veces más. Habría podido exigir diez y quince luises si hubiera conservado su situación, pero se daba por contenta con aquel dinero que le permitía ir tranquila al mercado.

Por la noche se olvidaba de todo, cuando Bosc reventaba de comida y Fontan, con los codos sobre la mesa, se dejaba besar los ojos con la petulancia del hombre que es amado por su cara bonita.

Entonces, a la vez que adoraba a su querido, a su perro amado, con una pasión tanto más ciega cuanto que ahora era ella quien pagaba, Nana volvió a caer en el fango de sus comienzos. Callejeaba, recorría el empedrado con sus antiguas chancletas, en busca de una moneda de cinco francos.

Un domingo, en el mercado de La Rochefoucauld, hizo las paces con Satin, después de habérsele echado encima y dedicar los peores insultos a la señora Robert. Pero Satin se limitó a responderle que cuando no se amaba más que una cosa, no era motivo para que hubiese que aborrecer las demás.


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