Nana

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Y Nana, de espíritu amplio, cediendo a esa idea filosófica de que nunca se sabe dónde se acabará, perdonó. Incluso, avivada su curiosidad, le preguntó acerca de las particularidades del vicio, y se quedó estupefacta al aprender más, a pesar de sus años y después de lo que ya sabía, y se reía, aun encontrando aquello divertido, y un poco repugnante, porque en el fondo era una severa burguesa para lo que no entraba en sus hábitos.

Así pues, volvió a Casa Laure, comiendo allí cuando Fontan lo hacía en la ciudad. Se divertía con las historias, los amores y los celos que apasionaban a las clientas, sin hacerle perder el equilibrio. Sin embargo, no siempre estaba al corriente, como decía ella.

La gorda Laure, con su maternidad enternecida, la invitaba a menudo a pasar unos días en su finca de Asnières, una casa de campo con habitaciones para siete mujeres. Ella se negaba, por temor, pero Satin le juró que se engañaba, que había señores de París que las columpiaban y jugaban a la rana, y entonces prometió ir más delante, cuando pudiera ausentarse.




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